La revista Nueva Sociedad ahora en su versión digital, nos trae un interesante y por demás controvertible ensayo sobre los inmigrantes bolivianos asentados en la Argentina, concretamente en la capital Buenos Aires.
Este provocador ensayo me trae a la memoria el libro “Bolivia en Construcciones” de Bruno Morales, quien gano el premio de novela en la Argentina el 2007, que narra la vida de los bolivianos asentados en un barrio bonaerense llamado “Bajo Flores” en Liniers.
No es menos la participación de los bolivianos (Se considera 2 millones de compatriotas) en las barricadas de los 90, llamados cartoneros que muchos indican que esta manifestación de protesta por las calles de Buenos Aires dio lugar a la monótona “Cumbia villera” como en las protestas del 2.000 con el denominado “corralito”.
Con su ensayo La Salada: ¿un caso de globalización «desde abajo»? Verónica Gago nos plantea muchos desafíos, reproducciones nuestras en espacios sociales, culturales y económicos en un sitio llamado “La salada”. He intentado resumir a continuación el texto y crear expectativa con el mismo (puede descargarse completo desde aquí), para recibir de ustedes un comentario que estoy seguro que lo harán.
La Salada: ¿un caso de globalización «desde abajo»?
Verónica Gago
Miles de puestos, cientos de miles de compradores, marcas reales e imitaciones de todo tipo. Mientras la ciudad de Buenos Aires duerme, el bullicio se apodera de La Salada, en la periferia de la capital argentina. En la feria La Salada emergieron tanto formas comunitarias que apuntalan el empresariado popular como talleres clandestinos basados en formas brutales de explotación laboral. En sus 20 hectáreas se acumulan numerosas y agitadas transacciones: se vende y se compra comida, ropa, tecnología, marroquinería, zapatillas, lencería, música y películas. La Salada es un territorio migrante por su composición: sus fundadores, a inicios de la década de 1990, fueron un puñado de bolivianas y bolivianos.
Actualmente, la mayoría de los feriantes provienen de diversas partes de Bolivia, pero también hay argentinos, paraguayos, peruanos y, últimamente, senegaleses encargados de la venta de bijoux. La Salada es migrante, además, por el circuito que siguen sus mercancías: los compradores llegados de países limítrofes abren rutas de distribución y comercialización hacia sus países, al mismo tiempo que muchas mercancías arriban desde distintos lugares del planeta. La Salada, en su carácter aparentemente marginal, es un punto de una red transnacional en expansión.
El vínculo entre La Salada y los talleres textiles clandestinos es una de estas articulaciones. A la vez, hay un eslabón más: la relación de muchos talleristas/ feriantes con marcas de primera línea, que centran su producción en el circuito de talleres textiles que utilizan el llamado «trabajo esclavo», la industria nacional se revitalizó, aunque sobre nuevas bases: tercerizando su producción en pequeños talleres cuya mano de obra son costureros y costureras provenientes de Bolivia.
En los años 90, los talleres textiles eran llevados adelante mayoritariamente por migrantes coreanos, que empleaban a costureros y costureras de origen boliviano; en la última década, estos talleres se han masificado, pero ahora los patrones-talleristas también son bolivianos. Esto ha significado un cambio decisivo, en la medida en que permite ver su crecimiento sobre la base de un capital comunitario. Ese capital ingresa como atributo laboral diferencial para el reclutamiento de mano de obra a partir de lazos de confianza y parentesco, y fusiona unos modos de vivir y laborar que explotan la riqueza comunitaria. Aquí habría también que señalar, aunque no es posible desarrollarlo, que la importancia económica del taller textil clandestino como núcleo de la economía migrante se entreteje –directa o indirectamente– con la economía habitacional, espacial, informal y migratoria que se asienta en las villas de emergencia porteñas y suburbanas.
En el caso particular de la migración boliviana, con ella viaja y se reformula un capital comunitario caracterizado por su ambigüedad: capaz de funcionar como recurso de autogestión, movilización e insubordinación pero también como recurso de servidumbre, sometimiento y explotación.
Tal empresarialidad combina competencia y cooperación, lo que da un estatuto fundamentalmente ambivalente a sus modalidades operativas. Competencia: intrínseca a la lógica de proliferación y fragmentación de los talleres que proveen de prendas, por medio de intermediarios, a las grandes marcas. Cooperación: debido a la representación unificada como «economía boliviana» que se yergue frente a las denuncias (mediáticas y de algunas organizaciones contra el trabajo esclavo) y que abroquela a las entidades que reúnen a los dueños de talleres. Estas entidades, sin embargo, no se exhiben como laborales o empresariales, sino como representaciones «comunitarias».
Aquí se debate un conflicto central: la identificación del trabajo argentino como trabajo digno, en tanto el trabajo migrante se vincula al mote de «trabajo esclavo».
La Salada, aun con sus conocidos orígenes asentados en la pequeña escala y el comercio casi artesanal, «opera en sincronía con centros mundiales de comercio no-hegemónico»: El Alto (urbe vecina a La Paz, en Bolivia) o las ferias de Oshodi y Alaba en Lagos (Nigeria) y la provincia china de Guangdong.
Se sostiene y se desarrolla como negocio masivo sobre redes familiares, vecinales, de compadrazgo y de amistad.
Es también una economía de lenguajes diversos: de vestuarios, bailes, promesas, comidas y una imagen del espacio abierto desreglado cede a una coordinación compleja de una infinidad de flujos. Una festividad y una mística (vírgenes, santos, milagros, ekekos).

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